lunes, 10 de noviembre de 2014
Estoy tan rota, marchita y destrozada.
Estoy tan rota, como una muñeca de porcelana, olvidada en lo más alto de un armario, que cae como una gota de agua y estrella contra el suelo, sin que a nadie le importe esa vieja y olvidada muñeca, un trasto menos al que quitarle el polvo, o un hueco nuevo para poner algo más importante. Estoy tan marchita, como ese ramo de flores que le regalaron por San Valentín y poco después todo acabó, marchita como unas flores que solo traen malos recuerdos y un punzante dolor en el pecho. Estoy tan destrozada, o más siquiera, como esas películas catastróficas en las que todo va mal y todo acaba mal, esas películas que ves y te entran ganas de gritar y desaparecer. Gritar y desaparecer, como por arte de magia, tampoco creo que me echasen de menos, se acordarían dos días de mí y luego, ¿qué? Solo pasaría a ser un recuerdo que nadie quiere recordar, que queda en el olvido, el tema tabú, el 'mejor no hablar de eso', el 'da igual, no es nada importante', porque no soy nada importante. Y lo que más duele es saber que es así, imaginar la vida de los demás sin ti y darte cuenta que sus vidas hasta mejorarían, que si no estuvieras en sus vidas todo les iría mejor, por eso todos se van, aunque digan que no lo harán... lo hacen, se van y no vuelven, los ves y os decís un 'hola', con la cabeza gacha, casi sin mirarse a los ojos, intentando ocultar el pasado, ¡já! Como si desapareciera. Ojalá.
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