domingo, 22 de junio de 2014

Te quiero.

Te hace feliz, te hace sonreír, esa persona con la que quieres vivir el resto de tu vida, a la que no quieres perder y que parece que, por fin, esa persona siente lo mismo por ti. Esa adrenalina cuando escuchas ese te quiero salir de sus labios como un soplo de viento, la primera vez que lo escuchas todo se vuelve a cámara lenta, notas como letra por letra llega a tu cerebro e intentas reaccionar, pero te quedas sin palabras, las abejas asesinas en el estómago están más revolucionadas que nunca, pero es una sensación agradable. No sabes si reír o llorar de la felicidad, pero al final te quedas callada, saboreando ese momento como si no lo fueras a vivir nunca más. Pero sí, vuelve a ocurrir, vuelve a decirlo sin que le de miedo y vuelves a quedarte paralizada. Tú también le quieres, pero tienes miedo, de que te pellizquen y despiertas, de que todo sea un sueño, de que en realidad esos te quiero no sean para ti, de que al final te conviertas tan solo en un recuerdo borroso, de que todo termine. Es horrible vivir con esa sensación de necesitar a alguien con todas tus fuerzas y más si está lejos. Es horrible esa sensación de: ¿y si conoce a alguien mejor? Es horrible esa sensación de no querer perderle por nada del mundo. Es horrible ese nudo en la garganta al pensar que, a lo mejor, un día se va dejándote sin más, simplemente pensarlo te destroza por dentro, te mata, te hiere, te hunde. Te quiero, demasiado y no quiero perderte jamás. 


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